lunes, 14 de mayo de 2012

II. LIMA EN ROCK (4)


Mientras mis amigos vivían plácidamente sus años universitarios, yo tuve que colocarme a esta familia en el hombro y hacerla andar, al menos lo que quedara de ella. Mi tía Claudia y mi tío Alberto fueron los únicos que nos tendieron una mano. Luego del fallecimiento de mi padre, nos invitaron a pasar las vacaciones con ellos y me propusieron trabajar como administrador de uno de sus restaurantes. Abandonar ingenierías fue un gran alivio. No lo lamenté en absoluto. La muerte de mi padre no fue tan lamentable como enterarnos del legado de deudas y sorpresas ingratas que descubríamos conforme pasaban los meses e intentábamos, por un lado, sobrellevar con dignidad el duelo y, por otro, reconstruirnos como familia. Mi tía Claudia nos preparó una confortable estadía en los bungalows de El Bosque en Chosica. Me gustó mucho ver a mi madre, a las gemelas y a Sergio reír y abrazarse, como años atrás cuando viajábamos a Arica, Camaná o Mejía toda la familia en el viejo Rambler que mi padre me dejaba conducir en la pampa. Allí lejos de los problemas, le manifesté a mi madre mi firme decisión de quedarme a vivir en Lima para trabajar y estudiar Sociología en San Marcos. «Es lo mejor para mí y para ustedes. Soy más útil aquí que allá. Definitivamente, dejaré ingenierías. Ahora en San Marcos la cosa está más calmada. No tengo otra opción. No me mires así. Ya sé que preferirías una privada pero ahora no hay mucho para escoger. Ya lo conversé con los tíos y están de acuerdo. Me permitirán trabajar medio tiempo en época de clases, a condición de que en el verano los ayude a supervisar el nuevo restaurante que inaugurarán en Punta Hermosa. Créeme, mamá, es mejor así».

Al principio, no fue mucho lo que económicamente pude hacer por mi familia desde Lima. Los intereses nos comían vivos, ya que nuestros abonos no cubrían el capital y cada vez más aumentaban las deudas debido al círculo vicioso de préstamos a los que nos veíamos obligados a recurrir para cubrir un agujero con otro. En lo que sí me empeñé fue en que las gemelas culminaran la secundaria en el Sagrado Corazón y en la rehabilitación de Sergio. Mi madre perdió mucho peso y fumaba demasiado, a lo cual se sumó una gastritis crónica que nos tenía en vilo. Ya suficiente teníamos como para que mamá se nos fuera. La macabra sugerencia de algunos familiares, que vieron en nuestra situación la oportunidad para destilar el resentimiento y envidia acumulados durante años, era que mamá vendiera la casa y se mude a un departamento, «ya que mantener tremenda casa es todo un presupuesto y ahora, hija, no estás para hacerle melindres a la vida. Deshazte también del auto ¿para qué lo necesitas? Más todavía que al Sergio le da por andar chueco no vaya a ser que un día coja el carro borracho y se mate. Ahí está la solución a tus problemas mujer, anda no seas sonsa». Mamá vendió el auto a condición de comprar una combi y hacer movilidad escolar. Pensando ingenuamente en que Sergio se animaría a transportar escolares. El dinero de la venta desapareció con quiebra del sistema mutual. Lo que se logró recuperar se devaluó tanto que abandonamos todo esfuerzo por seguir litigando pues no valía la pena. Felizmente a tiempo la hice entrar en razón para no vender la casa.

Al terminar Sociología, se me abrió un panorama laboral más acorde con mis expectativas y menos conflictivo que el de administrador de un restaurante. Para un misántropo natural como yo, tener que lidiar con desconocidos era un desafío diario a mi escasa fe en el hombre. La enseñanza secundaria nunca estuvo en mis planes, pero fue grato saber que poseía esa capacidad de transmitir saberes con «claridad y simpatía», como comentaba el profe Barrios que debía ser un profesor cualquiera fuese la materia o el nivel en que dictara. «El peor error que puede cometer un profesor es enseñar un curso que no le guste. Aunque le dé plata, cada vez que ingrese a ese salón sentirá una desazón tan grande que querrá largarse si no fuera porque necesita el dinero. Ojalá nunca estemos en esa situación, mi estimado».

Mis primeras clases las dicté en pequeños círculos de estudio ubicados en las proximidades de San Marcos, la UNI y Villarreal. Los estudios de Sociología me dieron la versatilidad de alternar entre Filosofía, Historia del Perú, Historia Universal y esporádicamente Literatura, aunque esta última con mucha cautela, pues, aunque la disfrutaba como lector voraz que soy hasta ahora, me sentía inseguro de enseñarla. No era mi especialidad académica sino un placer. Después entré a colegios preuniversitarios y academias de mayor prestigio donde las inquietudes intelectuales eran una extravagancia. Bastaba con «tener pegada con los chicos», salir bien rankeado en las encuestas, llevarse bien con el coordinador del área para asegurar horas durante la sequía laboral del verano. A diferencia de mis compañeros que sentían una gran presión conforme avanzaban los ciclos, en mi caso era al revés. Sentía que el panorama se aclaraba, que ese pasado lamentable e intensamente doloroso de la muerte de mi padre y la secuela de sus malas decisiones era reemplazado por la monotonía de una vida organizada. Los exámenes y los trabajos nunca fueron un dolor de cabeza. Excepto las cátedras de Zegarra Ballón y Fuenzalida a las que siempre llegaba puntual, el resto de materias las sacaba adelante con mucha solvencia. Llegado el momento, comuniqué a mis tíos que dejaría la administración del último de sus restaurantes que quedaba en pie y que alquilaría una habitación en San Miguel. Las obligaciones con mi familia fueron aminorando y podía darme uno que otro gusto, pero sobre todo independizarme para hacer lo que me diera la gana con mi vida. Tenía a mi favor el haberme cargado solo un peso que nunca pedí y que ni fue mi responsabilidad. A veces, justificaba de esa manera mis excesos, frecuentando night clubs de mala muerte en la avenida La Marina, bebiendo y bailando con alguna muchacha en medio de un hedor tibio, en penumbras, e interrumpido cada nada por un sujeto que revisaba la jarra de un trago miserable que costaba lo que un shot bien servido en el lobby del Bolívar. Más que buscar un romance acorde a mi bolsillo, era la aventura de la autonomía, de regresar a mi cuarto a la hora que yo quisiera sin dar cuentas a nadie. Las novias se sucedían una tras otra sin mayor trascendencia para mí. No me duraban mucho, algunas, lo que dura la primavera o el verano. El invierno limeño fue más propicio para superar el límite de los tres meses que mantenía una relación. Todo esto era mi revancha personal contra el destino. La plenitud del exceso, la euforia, el extremo. En cuanto logré una plaza para enseñar en la universidad donde me recomendara el buen Vladimir, renuncié al colegio y a las academias. A los pocos meses, me mudé a un departamento y cancelé las deudas familiares pendientes. Nuevos vientos soplaban por entonces sobre la atribulada vida de los Del Valle. Mamá volvió a frecuentar a su círculo de amigas, Sergio superó satisfactoriamente la adicción a las drogas y las gemelas eran asediadas como nunca por una variopinta gama de pretendientes. Era mi turno.

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