sábado, 5 de mayo de 2012

II. LIMA EN ROCK (2)


Cuando estaba a punto de retirarme, me enteré por Juan Cueva, gran amigo, librero y editor, que en la plaza San Francisco de Barranco se encontraba la feria itinerante de libros viejos «Carlos Prince», que reunía a un grupo selecto de libreros quienes continuaban con su labor. Le agradecí por el dato y por la amenísima charla que, aunque breve, me hizo revivir aquellos maravillosos días de finales de los noventas. En Barranco, me complació reencontrarme con algunos amigos que hacía una década me habían ayudado a sumergirme en verdaderas cacerías de tesoros librescos como los Escritos políticos de Marcos Zepita, Acteón enamorado, de Carlos Olaya, en su primera edición facsimilar; las colecciones completas de Mirador y Cuaderno de navegación; y algunos relatos y memorias extraviados de Alberto Guillén. Tampoco pude conversar con ellos como deseaba, pero el poco tiempo que compartimos fue suficiente para ponerme al día. Muchas cosas cambiaron en estos ocho años. Los expertos hablaban del milagro peruano, de la ejemplar disciplina fiscal que llevó a sostener un crecimiento económico envidiado por nuestros vecinos y por las golpeadas economías europeas. Como nunca antes, eran más los que regresaban que los que se iban para nunca volver. Desde España, Argentina, Chile, Japón y los Estados Unidos, comenzaba la repatriación voluntaria de los miles de compatriotas que en los 80 y 90 se marcharon por causa de la crisis económica y la violencia demencial de Sendero Luminoso. El centro de Lima lucía más ordenado y limpio que en mis años de estudiante, pero lo que ganó en ornato lo perdió en encanto. La decadencia, el desorden, la miseria y el achoramiento, de tan cotidianos, se hacen entrañables. De vez en cuando, me gustaba participar de los espontáneos debates entre apristas, comunistas, anarquistas y demás curiosos que se reunían en la Plaza Francia. Era muy divertido provocarlos y oír sus delirantes análisis de la coyuntura política, económica, social y cultural del país, y sus ambiciosos planes para transformar la nación. La vieja placita está flanqueada por la Iglesia de La Recoleta y a su izquierda el antiguo «Hospicio para Mujeres Vergonzantes», un albergue que recreaba el ambiente de las casas de señoras de la alta sociedad limeña que empobrecieron a consecuencia de las guerras civiles y la guerra con Chile. A partir de las 6 de la tarde, iban llegando los impacientes polemistas, algunos provistos de revistas, libros viejos sobre política, economía y sociedad —recuerdo que allí conseguí el fascinante ensayo Neoliberalismo y Aprismo, de Luis Felipe de las Casas Grieve, prologado por Luis Alva Castro, el cual me sirvió para sustentar la tesis de que para la ideología aprista no había nada más antitético que el neoliberalismo; lástima que Grieve de las Casas no fuera secundado por nuevos cuadros en un partido que, para ese momento, aún dependía de la oratoria y el buen olfato político de su líder— y breves apuntes y monografías escritas a computadora por ellos mismos, cuidadosamente empastadas, engrapadas y fotocopiadas, al precio de un sol. Pero cuando estuve allí poco antes de venir a Barranco, me topé con una plaza remozada, impecable, sin una mácula de basura, con jardines florecientes, senderos nítidamente señalizados, bancas en perfecto estado y con el viejo hospicio que había sido restaurado. Sin mendigos ni vagos recostados sobre las bancas ni ambulantes y sin el bullicio de los analistas del pueblo, la plaza Francia lucía tan acicalada que no daba ganas ni de arrojar una colilla de cigarro al piso. Parece ser cierto eso de que la gente se comporta de acuerdo al lugar.

Yo también había cambiado. Fue desde que decidí tomar distancia de todo lo que día a día me iba convirtiendo en un resignado, diligente, puntual y bien remunerado profesor universitario. De ser un modesto egresado de Sociología de una universidad pública y luego improvisado profesor secundario y de academias preuniversitarias, pasé a engrosar las filas de una emergente clase media revitalizada por la política económica liberal que enmendó el desastre de los ochentas y que, por lo que observábamos desde el exterior, estaba siendo exitosa. Las generosas recomendaciones de un antiguo compañero de la universidad me llevaron por un camino nunca antes imaginado. Llegar a ser profesor universitario era un logro envidiable sobre todo si se trataba de una universidad privada de prestigio, de aquellas que ofrecían un buen salario como para reemplazar la combi, el micro o el Metropolitano por un auto propio, o pensar en independizarse de la familia rentando un apartamento. De este modo, recompuse algunos asuntos que hacía tiempo me agobiaban. En los primeros meses, logré saldar las deudas en las que estaba sumergida mi familia por culpa de los entuertos financieros de mi padre, disminuido anímicamente por el cáncer y la depresión post jubilación. Pese a la suculenta liquidación que recibió, los años venideros fueron los peores que recuerdo, porque esa pequeña fortuna se esfumó y con ella un modo de vida que equivocadamente creíamos inalterable.

«Si quieren que me vaya, tendrán que darme el billete que merezco y no las migajas por las cuales ahora todos se regalan». La mayoría de sus compañeros de generación aceptaron de inmediato los incentivos que les ofrecían. «Los del sindicato aseguran que mientras más difícil se las hagamos, más plata nos van a ofrecer para irnos. La cosa es resistir lo máximo que se pueda y si hay un buen billete, ahí nomás, al toque, para qué hacerse rogar. Dile a tu padre que no sea cojudo. Su testarudez la va a pagar caro y lo peor es que no solo él sino ustedes también, muchacho. Ya me cansé de decirle que atraque de una vez, que ya estamos viejos y que nada más tenemos que hacer en esta fábrica. Mis hijos ya están grandes como tú, pronto se van a recibir. Cumplí con darles lo que me correspondía. Ahora solo quiero disfrutar con mi mujer y tal vez poner un negocio. No sé. Habla con Antonio. A ti te escucha, muchacho, te considera, habla mucho de ti».

«Habla mucho de mí», decía el viejo Frank Caveneccia, el mejor amigo de mi padre, con quien entraron a trabajar a la cervecería allá por los sesentas. Hablaría de mí, pero conmigo no hablaba mucho. Prefería organizar las sesiones del sindicato y conminar a los trabajadores a que suspendan sus labores hasta que no se resolviera al 100% el pliego de reclamos, cuyo cumplimiento por justicia les correspondía, antes que oír las quejas de los hermanos y de los profesores acerca de mi bajo rendimiento y mi pertinaz impuntualidad. Para ello estaba mi madre. Porque para él era más importante presidir las comisiones que negociarían un aumento de sueldos con la alta gerencia antes que presenciar las actuaciones o animar junto con otros padres a la selección del colegio cuando defendíamos sus colores en alguna competencia. No importaba qué día fuera, siempre tenía algo qué hacer. «Ve tú, mujer, a ti te quiere más este chajuallo. Hoy tengo una reunión con el sindicato. Confían en mí para que todo salga bien. En cuanto termine, paso por ustedes. De seguro no me demoro. De verdad. Dile de mi parte que le rompa los huevos a los del San Pepe. Así dile, de mi parte».

1 comentarios:

Arturo Caballero dijo...

no existe todavia...

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