jueves, 10 de mayo de 2012

II. LIMA EN ROCK (3)


Mi padre calculó mal sus fuerzas pues se cansaron de invitarlo e incentivarlo para que se retire hasta que le pusieron un ultimátum. O aceptaba la última oferta que le ponían sobre la mesa y firmaba, o en la siguiente debería conformarse exclusivamente con la liquidación de ley. Recuerdo perfectamente aquella noche en casa; toda la familia en pleno reunidos en la habitación de mis padres. Fiorella, Carolina y Sergio tenían edad suficiente para comprender la situación. Nuestro padre ya no iría a trabajar más. En adelante, estaría en casa todo el día, todos los días del año. Pero ellos no entendían la gravedad de nuestras voces ni los rostros desencajados. «¿Cuál era el drama? ¿Acaso no siempre hemos querido que papá se quede en casa? ¿Acaso, mamá, no renunciaste prematuramente a tu empleo confiando en que papá te seguiría, eso ya hace 8 años?». Pero no comprendieron que lo que para nosotros podría ser una alegría, para el viejo era el inicio de su caducidad, el declive de su vida útil en este mundo. «Es mejor que firmes ya. No nos hagas padecer más, papá. Por única vez, piensa en ti y en los tuyos, en nosotros. No te van a aguantar una más. Mi madre y los chicos te necesitan aquí, donde perteneces. Además tus compañeros se retiraron, todos aceptaron sin chistar, papá, por Dios, piensa, las cosas no son como antes. Lo que pase con nosotros en adelante será tu responsabilidad, solo tuya, papá». Nos abrazamos todos. Firmaría. Las gemelas saltaban de una pata y convencieron a mi mamá para hacer galletas y dulce de manzana. «Será para mañana, chicas, ya es muy tarde y deben acostarse. Le diré a Rosita que mañana las ayude. Vamos a dormir todos». El viejo Caveneccia tenía razón, pensaba luego en mi recámara. El viejo me escuchaba, al menos esa vez sí lo hizo. Se habrá conmovido por la firmeza con que le hablaba, mirándolo a los ojos y señalándolo como el culpable de nuestra desgracia si no firmaba la invitación al cese al día siguiente.

Pero ignorábamos que el tiempo que le robaba a su familia para dedicarlo a la fábrica y al sindicato también lo compartía con una atractiva señora, esposa del gerente de operaciones de la nueva administración. Con las recientes movidas producto de la privatización masiva de empresas, varias transnacionales pusieron sus ojos en la cervecería local, la única que a nivel nacional conservaba un mercado cautivo en el sur del país con nombre y sabor regionalistas. Cuando vendieron la mayor parte de las acciones a inversionistas chilenos, se hizo cada vez más frecuente ver a funcionarios de ese país asumiendo altos cargos sobre todo en la alta gerencia de la fábrica. Doña Raquel Arancibia de Lastarria no tardó en acostumbrarse a los modos y costumbres locales —parecía muy trajinada ella en estos menesteres extramaritales— pues sin vergüenza alguna se lucía con sus amantes de ocasión en los restaurantes y cafés más exclusivos de Arequipa, que poco a poco dejaba de comportarse como una vieja melindrosa para acomodarse a los nuevos tiempos en que todo exceso era bienvenido, ya que el dinero chorreaba por todo lado, a unos más que a otros, por supuesto. Corrían el rumor que su marido era homosexual y que la pareja aceptó la propuesta de mudarse a Arequipa para huir de las habladurías que eran la comidilla del momento en la lejana Valparaíso. Años después, Caveneccia me confesó muy acongojado que no nos dijo nada por lealtad a mi padre. «Tú sabes, muchacho, cómo son estas cosas. Hombre es hombre. Quién no se ha levantado alguna vez una hembra, y más todavía si está más buena que el pan. Esa chilena era recontra lanzada. Andaba detrás de Antonio de arriba a abajo. Me consta que tu padre le hizo el quite varias veces, pero ya sabes, hombre es hombre. Pero cojudo el Antonio, no la supo hacer bien y se jodió por no zafar a tiempo. ¿Si se enamoró? Pucha, Gabrielito, no sé. No creo. Hablaba tanto de ustedes, de Normita, de Sergio, de las gemelas que dudo que se haya enamorado de la «Rotiche». Era su distracción nomás. A nuestra edad solo nos queda buscar a alguien que nos haga sentir que vivimos. Tu viejo ya se las olía con lo del cáncer. Nos lo contó a pesar que no se había chequeado. Sentía que estaba mal, pero como ya se retiraría, quizás en casa iba a mejorar de ánimos. A pesar de todo, muchacho, tu viejo era un tipazo, un hombre ejemplar. Ojalá sepan perdonarlo». Yo le perdono su romance Caveneccia, le perdono y me hago cómplice de su aventura, pero lo que no le perdonaré es habernos condenado al ostracismo y a la humillación de rebajarnos a una vida que no merecíamos y a un trato por parte de nuestros parientes que jamás esperamos. A las gemelas tuvimos que cambiarlas de colegio, lo mismo que a Sergio. Sus amigos ya no les hablaban porque ahora asistían a un colegio de refugiados, «donde van los hijos de padres que no pueden pagar una pensión en nuestro colegio o que no están bien constituidos como familia. Como ustedes sabrán, nuestra misión es formar ciudadanos útiles para la sociedad con valores sólidos y firmes principios. Por ello, chicas, les sugiero que corten cualquier tipo de relación con las gemelas Del Valle. Más bien, oremos porque pronto puedan encontrar el camino que las conduzca por la virtud». Sergio era un adolescente en plena efervescencia que miraba con sumo escepticismo a sus referentes inmediatos: mi padre y yo. Andaba muy mal en el colegio y juntándose con vagos a fumar hierba en los conciertos underground o en la casa de alguno de ellos. Varias veces me gané el pase y lo vi entrar stoneadazo a su habitación. Fui su cómplice a costa de estropear la admiración que me tuvo hasta sus 17 años, todos los que le alcanzaron para vivir intensamente de espaldas a una realidad que lo había ignorado. Sergio entró en una espiral geométrica de dependencia de las drogas agravada por la muerte de mi padre y mi partida a Lima para trabajar. Yo era su última esperanza, su héroe, el que soportaba sus puñetes, patadas y mordidas cuando entrenábamos en el dojo del maestro Waldo Zapana. El que lo guapeaba cada vez que lo veía trompearse en el colegio con los más pintados. Atrevido el mojón. Corajudo y audaz como ninguno. «Por qué te fuiste, Gabriel, si ya era bastante con que se muriera mi papá. A ti te extrañábamos más. Me cagaste, chino, me dejaste sin combustible. Quería ir contigo, pero ¿quién cuidaba a las gemelas?, lo hice muy mal ¿no?».

Mi padre gastó el dinero que nunca tuvo asociándose con ex compañeros para formar una empresa privada de limpieza y seguridad que fracasó estrepitosamente, pues los escasos ingresos fueron dilapidados por los flamantes socios en sus amantes de ocasión. Y mi padre no se quedó atrás. Quiso impresionar a la doña llevándola a cenar a los mismos restaurantes que frecuentaban los jailosos de Arequipa. Eran asiduos de La Chopería, La Quinta Encantada y del Malibú, a los que cada muerte de obispo negro llevaba a mi madre. ¡Qué osado este huevón!, ahora lo pienso. Y me venía a mí con consejos sobre cómo tratar a las gilas. ¡Ahora quién es el gil, papá! Dispuso de todo el efectivo que su modesta tarjeta de crédito le permitía y se valió de amistades para que le gestionen otras cuando el crédito de la anterior se consumiera. Sin embargo, doña Raquel se fue tal como vino. Un día lo llamó a la casa comunicándole que volvía a Chile con su marido y que no intentara ninguna estupidez a las que estaba acostumbrado. Estaba a minutos de abordar un vuelo charter que la llevaría a La Serena donde pasaría una larga temporada con sus padres. Que le deseaba lo mejor en esta vida y que de una buena vez por todas, si es que amaba a su familia, se hiciera un chequeo médico. La gracia le duró a mi padre lo que dura un verano, pero las consecuencias de su «cabeza caliente» las sufrimos durante algunos años más. La partida de la chilena lo sumió en una depresión mucho más profunda que la realidad de enfrentarse a la jubilación. Ese romance le había devuelto el tono necesario para ignorar momentáneamente su condición de anciano precoz. Mi madre se tragó uno y mil sapos cuando la verdad le estalló con la contundencia de un misil directo al corazón. Pese a ello, le exigió que se haga análisis cuanto antes «para descartar cualquier cosa, no vaya a ser que encima de todo te nos mueras y ahí nos amolaste, Antonio. Qué pensabas, por amor de Dios. Otra vez más no pensaste en tu familia, mucho menos en mí claro, luciéndote con la mujer del jefe y yo como una estúpida mirándole la cara a todo el mundo y haciéndome cargo de esta familia que abandonaste desde que Gabriel se hizo hombre. Ese chico con su necedad y mal genio, todo lo que quieras (de quien lo heredó, sino pues) estuvo más presente que tú. Sergio no me obedece, y para en la calle todo el día. Las gemelas están muy mal en el colegio, ya no hablan con sus amiguitas ni las invitan a sus fiestas desde que las cambiamos de escuela. Y ahora a ti te da por deprimirte. Yo soy la que debería deprimirse y a quien debería cargarse el diablo. Ya no puedo más, Antonio, no doy más. Si te quieres morir, adelante, hazlo, pero no me arrastres contigo. Esta vez estás solo, solo, me oyes, solo. Ve donde tu madre. Aquí no te quiero ver, igual nunca estás cuando más te necesitamos».

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