domingo, 22 de abril de 2012

I. CON OLOR A ESPÍRITU JOVEN






ERA ALTO, ELEGANTE, discreto y cordial. Llevaba siempre una barba cuidadosamente afeitada que delineaba de su rostro hacia la existencia de sus maravillosos ojos pardos. Vestía oscuros ternos de casimir inglés y en la muñeca lucía un imponente reloj Olma adornado con finos detalles de oro en los biseles. Un andar ceremonioso, una mirada esquiva y la sólida cadencia de una seductora voz le imprimían un aire distante y solemne a esa personalidad labrada a pulso desde sus primeros años de vida. No se exaltaba ni arremetía con vehemencia contra sus adversarios ideológicos ni profería improperios para fortalecer sus ideas. Quienes polemizaban con él no se intimidaban por la procacidad de su lenguaje ni por las represalias, bravatas o amenazas de muerte que a menudo se lanzaban los expositores al final de una acalorada discusión, sino por la enorme confianza que irradiaba sobre sí mismo mientras desplegaba magistralmente toda su artillería intelectual hasta doblegar las más férreas convicciones. Citar de memoria a algún célebre pensador no era una proeza por esa época, la mayoría gustaba exhibir su sapiencia rellenando sus intervenciones con largas citas y combinándolas con uno que otro latinajo o galicismo de moda. Pero él, si se trataba de evocar a los ingleses, franceses o alemanes, se encargaba de dejar bien en claro quién era el más autorizado a citarlos como era debido. «Si mis interlocutores desean apelar a la autoridad de los maestros europeos, sugiero que lo hagan en la lengua de Goethe y Víctor Hugo, según sea el caso. De lo contrario, por un mínimo respeto y honestidad intelectual, les rogaría se sirvan citar solamente al traductor». Lo decía sin el más mínimo espíritu de afectación y con una parsimonia exasperante, dibujando una soberbia sonrisa en sus labios que corroía los argumentos de los más avezados polemistas de la facultad. Sentía una especial predilección por los «hablantines tragalibros», a los que provocaba con fina sutileza en cuanto tenía oportunidad; y por los «ratones de biblioteca», que merecían todo su desprecio, ya que de los primeros sabía a qué atenerse, pero los segundos eran una especie mutable, silenciosa, sin bandera intelectual, que devoraban cuanto libro llegara a sus manos. «Son mercenarios del conocimiento porque se enriquecen de saberes diversos y antagónicos sin importarles el contenido ni su aproximación a la verdad. Estos roedores son más peligrosos que los hablantines porque en algún momento son susceptibles de transformarse en fervorosos defensores de una causa, luego de explorar todas las causas o ninguna». Intimidarlos era un placer similar al que sienten los felinos domésticos cuando matan un roedor no por hambre, sino por el mero gusto de verlo morir. «Lo hago porque disfruto confrontando a los necios con su necedad. Un gesto noble en el fondo. Deberían agradecérmelo». Tal era la imagen que Fernando Alencastre dejó impresa en la memoria de sus contemporáneos.

El futuro de Fernando fue planificado por sus padres con minuciosa antelación, pues desde muy temprano supieron que debían cimentar las bases de un porvenir exitoso. Su infancia y niñez transcurrieron apaciblemente en una enorme casona del Vallecito legada por sus abuelos maternos a sus padres a principios de 1927. Allí Graciela organizaba frecuentes reuniones, entre otros motivos, para exhibir ante sus distinguidas amistades los precoces talentos de su hijo, plenamente encomendados a Stanley Simmons, un judío irlandés muy ilustrado que trabó gran amistad con don Felipe Alencastre durante su estadía en Buenos Aires. A los 9 años, Fernando escribía poemas que reproducían las más complejas versificaciones clásicas con mucha solvencia y facilidad. Siempre obtuvo el primer lugar en todos los certámenes de composición escrita que organizaban sus maestros del colegio San José. Simmons complementaba la formación humanística que Fernando recibía de los jesuitas con la lectura de los clásicos modernos europeos. Estaba convencido de que para estudiarlos era indispensable conocer la lengua en que fueron escritos. «Lo contrario solo contribuiría a malos entendidos y a una comprensión menor de las obras. Aquellos que se complacen de una vasta erudición en base al exclusivo dominio de su lengua materna poseen un conocimiento tan profundo como el de un océano con un centímetro de espesor». A los quince años, Fernando ya había leído los textos fundamentales de Locke, Hume, Smith y Mill en inglés, lo mismo que a Shakespeare, Thackeray, Dickens, Poe y Twain. La poesía y la novela francesa de ocupaban un lugar especial en su biblioteca personal. El magisterio de Baudelaire, Víctor Hugo y Balzac lo convencieron del incipiente valor de los escribientes de su localidad. Todos sus libros contenían anotaciones y comentarios que vislumbraban a Fernando como un destacado hombre de letras. Durante el último tramo de su formación, Simmons lo introdujo en el estudio del alemán, a través de una selecta antología poética de Hölderlin y Heine, el Fausto de Goethe y algunos textos escogidos de Hegel y Kant. Sin embargo, la prodigalidad intelectual de Simmons tenía sus límites, pues consideró que debía alejar a su pupilo de la nefasta influencia de ideologías revolucionarias. Tomó la precaución de poner a buen recaudo las obras de los pensadores rusos, franceses y alemanes de fines del siglo XIX vinculados al anarquismo y al socialismo. Este fue el único reproche que Fernando tuvo hacia su mentor intelectual, puesto que desde esas canteras provenían los más furibundos ataques contra el modelo de nación y de Estado que el joven Alencastre defendía como el único viable para su país. Recién en la universidad, Fernando tuvo plena libertad para leer a Bakunin, Kropotkin, Proudhom, Bernstein y, por supuesto, a Karl Marx, más por conocimiento de causa que por simpatía ideológica y sobre todo «para conocer al enemigo por dentro».

La adolescencia lo vio trajinar las viejas y estrechas callecitas de Yanahuara. La enorme casona de los abuelos en el Vallecito había quedado demasiado grande para los Alencastre, ya que Felipe no secundó la voluntad de don Alfonso en cuanto a prolongar su memoria a través de una numerosa descendencia, porque se hallaba más preocupado por mantener el patrimonio de la familia que por engendrar más hijos. De modo que se trasladaron a una vivienda más acorde a sus necesidades en el corazón del distrito de Yanahuara. Las correrías adolescentes de Fernando fueron como las de cualquier muchacho de la época. Todos los viernes, un nutrido grupo de estudiantes del San José y de La Salle hacía guardia a sus novias a la salida del colegio Sagrado Corazón de Jesús ante la severa mirada de las monjas y padres de familia. La rivalidad entre ambos colegios se remonta a la llegada de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1931. A diferencia de los jesuitas del San José, quienes desde 1578 venían aplicando a pie puntillas los rigurosos preceptos de Ignacio de Loyola —santo, militar, poeta y fundador de la Compañía de Jesús— los hermanos de La Salle brindaban una formación religiosa y laica a la vez, mucho más liberal, flexible y en sintonía con el republicanismo francés, lo cual inyectó un aire de modernidad social en una ciudad históricamente permeable a las modas europeas. El entusiasmo inicial de la voluble aristocracia arequipeña por los «franchutes» duró hasta que conocieron los lineamientos pedagógicos que Jean-Baptiste de La Salle —dedicado desde su juventud a la educación de niños y jóvenes, especialmente de los más pobres— había legado a los Hermanos de las Escuelas Cristianas: una serie de valores que hacían chirriar los refinamientos y maneras de la «gente bien» de Arequipa, pues de ningún modo estaban dispuestos a admitir que los hijos de gente decente compartieran aulas con los hijos de madres solteras, criadas, artesanos, choferes, ferrocarrileros y obreros. Era eso y mucho más. No aceptarían que estos recibieran una educación de calidad a costa del pago de la «gente bien» ni las pensiones escalonadas ni tolerarían que las misas se ofrecieran en castellano o francés, y no en latín. Por ello los padres que inicialmente se animaron a trasladar a sus hijos a La Salle, los regresaron más pronto que inmediatamente al San José, lo cual puso en peligro la naciente labor de los hermanos que, de un momento a otro, se vieron inmersos en deudas y demás urgencias económicas. A ello se agregaba la guerra silenciosa iniciada por el obispo franciscano Floriano Holguín contra «las excentricidades de esta congregación de hermanos que no se aviene con la usanza del lugar». Sin embargo, las familias que mantuvieron a sus hijos en La Salle lo hicieron para llevar adelante las reformas de los hermanos. Así, poco a poco, las clases medias les fueron confiando la educación de sus hijos. La mayor parte de la plana docente estaba integrada por maestros españoles y franceses, y el resto por los más notables profesores de la Independencia Americana, algunos de los cuales también dictaban en San Agustín. Al cumplirse diez años de su fundación, el colegio había crecido en espacio —la adquisición de amplios terrenos en una céntrica ubicación facilitaba el acceso de los estudiantes y sus familias— y prestigio, ya que los certámenes académicos y deportivos dejaron de ser patrimonio exclusivo del colegio San José, motivo de orgullo para la familia lasallana, puesto que significaba un triunfo liberal sobre el trasnochado conservadurismo de la aristocracia arequipeña, en buena cuenta, un triunfo del republicanismo sobre la derecha confesional. Hacia 1947, la rivalidad entre ambas escuelas revelaba mucho más que diatribas entre órdenes religiosas que defendían modelos pedagógicos diferentes: aquella era síntoma de una confrontación ideológica no declarada entre los que concebían la desigualdad social como un fenómeno natural y, por consiguiente, inmodificable, y los que estaban empeñados en desaparecerla para extender las libertades políticas a todos los ciudadanos sin distinción.

Cierta vez los estudiantes de ambos colegios protagonizaron una gresca en el frontis del Sagrado Corazón, suscitada, al parecer, por los coquetos devaneos de una muchacha que encendieron una hoguera de celos entre sus pretendientes, a lo que se sumó la tradicional rivalidad entre los jesuitas y los hermanos de La Salle. Ni los escobazos de las monjas ni la intervención de los padres de familia lograron disolver la trifulca que cada vez ganaba más en contendores, espacio y destrozos. Desesperada, la madre superiora telefoneó a la comisaría del distrito que distaba un par de cuadras para que de inmediato un buen número de efectivos se apersonara al lugar. Esa tarde varios jovencitos recibieron duras reprimendas de sus padres, y los directores de ambos colegios, una contundente queja de las monjas del Sophianum, de los vecinos y del comisario del distrito. Todas las partes acordaron prohibir por tiempo indefinido la aglomeración de escolares a la salida de las señoritas del Sagrado Corazón. Los padres de los involucrados en la pelea se comprometieron a compensar los daños causados por sus hijos; y estos a ofrecer disculpas personalmente a todos los agraviados. Hasta antes de este escándalo, Fernando y sus condiscípulos se las habían ingeniado para burlar la vigilancia de las monjas en distintos días e ingresar al Sophianum en horas de clase bajo el pretexto de una urgencia familiar, debido a lo cual el visitante de turno exigía ver urgentemente a su «hermana» lo que durara el recreo. Aprovechaban los permisos concedidos a los integrantes de la escolta y la banda de música en las fechas previas a una presentación oficial para que fueran a sus casas a cambiarse y regresar para los ensayos, tiempo más que suficiente para visitar a la novia en su propio feudo. Pero después de esa batalla campal, se terminaron las aventuras para todos, excepto para Fernando, quien en la previa había conocido a Beatriz Eguren Forga, encuentro violentamente interrumpido por la lluvia de alaridos, puñetes y patadas que por doquier repartían los enfebrecidos estudiantes del San José y de La Salle frente a la mirada horrorizada de las monjas y padres de familia, y de las sonrisitas cómplices y orgullosas de las chicas del Sagrado Corazón.

Beatriz ocupó todos y cada uno de esos momentos que el viejo Simmons dejó libres convencido de que el modelo de intelectual sombrío y solitario como él no tenía sentido repetirlo en el joven Alencastre. En ello pensaba Simmons cuando comunicó a los padres de Fernando que su labor formativa había terminado, que no tenía más que enseñarle y que en adelante este mismo debería hacerse responsable de su propia evolución intelectual. Por esta razón, llegado el verano, Simmons flexibilizó sus exigencias académicas, lo que Fernando aprovechó al máximo para vivir intensamente los últimos instantes de la adolescencia. Simmons se había percatado de que Fernando ya no lo necesitaba más, que superaría por sí mismo cualquier desafío que le colocara en frente. Luego de once largos años en los que tuvo a cargo su orientación académica, cayó en la cuenta de que su propia vida ya no tenía sentido fuera de esas lecciones particulares que con mucha dedicación, exigencia y afecto había diseñado como un fino artesano que elabora una sola obra maestra, la cual justifica su existencia al final de los tiempos. En muchos sentidos, Fernando fue la obra maestra de Simmons, ese hombre de tan finos modales y humor ponderado, que en absoluto gustaba exhibir su condición de judío, irlandés o europeo como carta de presentación, así como de ningún tipo de fidelidad o devoción por la corona británica. «El patriotismo es el último refugio de los canallas», solía decir evocando a Samuel Johnson. «Lo mismo que me parece condenable el nazismo, lo son las tropelías que en nombre de la civilización cometen los imperios en las colonias». Pero así como despreciaba el patrioterismo, era capaz de sentenciar «God does not save the Queen, but Eire». Como la mente y el corazón de Fernando estaban más puestos en Beatriz que en conocer ese lado oculto que Simmons nunca le mostró —pero que luego de verse en la orfandad emocional como consecuencia del brillante porvenir que le esperaba a su discípulo, se reveló en toda su oscura dimensión— resolvió dar por concluida su relación con los Alencastre y marcharse al término de la nivelación preuniversitaria tarea que aceptó debido a la insistencia de Felipe y Graciela, y como gratitud por todos estos años en que lo acogieron como un miembro más de la familia. No obstante, se marcharía, y esa fue su mayor frustración, sin llegar a culminar la última gran lección que Fernando solo comprendería muchos años después en el momento más difícil de su vida, por lo cual Simmons lamentó no haberlo preparado anticipadamente para resistir los embates del escepticismo y el asedio de las revelaciones.

Los padres de Fernando y Beatriz, conscientes de la conveniencia de ir orientando el romance de sus hijos hacia un destino formal, decidieron esperar el año nuevo en Ancón para celebrar el final del colegio y el inicio de una nueva etapa en sus vidas. Fernando había culminado la secundaria con notas sobresalientes en todas las materias. El colegio recomendó a Felipe y Graciela que no descuidaran la formación de su hijo y les extendieron un documento en el que acreditaban su notable rendimiento por si deseaban que cursara estudios en alguna universidad jesuita del país o el extranjero. Beatriz, por su parte, provenía de una familia tradicional que le había procurado una educación ejemplar tanto en casa como en la escuela. Madame Tellier, su tutora, no poseía la erudición de Simmons, pero con lo que sabía bastaba y sobraba para preparar a una señorita bien de aquella época frente las vicisitudes de una vida planificada y sostenida por un patrimonio al cual la generación de sus padres no aportó un solo centavo, sino, por el contrario, se encargó de dilapidarlo para conservar un tren de vida que disimulara la ruina que los amenazaba ante lo cual el matrimonio de su hija con el heredero de los Alencastre significaba el más oportuno rescate.

Aquellos días lejos de Arequipa, Fernando y Beatriz experimentaron el vértigo de la diversión compartida y la emoción de una privacidad incipiente pero reveladora de un futuro inmediato que ambos querían consumar en ese instante. Beatriz era el complemento ideal para el tipo de vida que Felipe y Graciela planearon para su único hijo: no importaba que su familia irradiara signos visibles de bancarrota ni que Sebastián Eguren, su padre, fuera célebre por la recatafila de amantes de todo calibre que convirtieron a los Eguren Forga en la comidilla de las conversaciones entre los socios del Club Arequipa. Lo importante era que Beatriz brindaría la representatividad social necesaria para que Fernando navegase sin preocupaciones sobre esa frívola superficie de las relaciones sociales, tan cara a la vieja aristocracia peruana de mediados del siglo XX. Poco después de la medianoche, aquel primero de enero de 1945, todos los asistentes a la fiesta de gala en el Yatch Club de Ancón se confundieron en mil abrazos bajo la luz de los fuegos artificiales y bailaron al compás de una euforia colectiva cuyo motor eran los jóvenes de esa selecta burguesía peruana que en la siguiente década atravesaría su último periodo de esplendor. Atrás quedaban para Fernando las lecciones del maestro Simmons, solo existía Beatriz y la visión de un futuro promisorio.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Buena Arturo, nunca olvidar las raìces de la tierra que arraiga sentimientos y mucho menos al colegio LA SALLE, sigue adelante y exitos en todo. Aldo

Arturo Caballero dijo...

Gracias Aldo espero que se lea entre quienes me conocen y más. Un fuerte abrazo.

Arturo Caballero dijo...

Muchas gracias por comentar Lady MacBeth y sí ya veran lo que se viene.

ANAKYN dijo...

interesante...me gustan tus descripciones...jose sotillo

Arturo Caballero dijo...

Hola José cuánto tiempo sin verte hno. Te mando un fuerte abrazo. Gracias por tu comentario. yo seguiré dándole a pulso a este relato. saludos!
Arturo

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